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El término paisaje ha sido empleado a lo largo de la historia con muy diversos significados, entre los que se pueden destacar los siguientes:

  • Como sinónimo de panorama, vista o percepción de la realidad ambiental, con un valor estético y emocional. Así, el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define el paisaje como una “extensión de terreno que se ve desde un sitio”. Esta definición supone que no hay a priori una descripción universal de un espacio o de un objeto, sino que viene definido por el observador en función de su objetivo, quedando la visión o la percepción modificada por causas psicológicas procedentes del sujeto receptor.
  • Otro significado que se le da es aquel que lo identifica con un espacio geográfico, territorio o región, ocupado por una determinada comunidad. La geografía atiende el paisaje como estructura, es decir, lo define como un espacio con unas características concretas, diferente de cualquier otro espacio.
  • Por otra parte, hay definiciones que abordan el concepto de paisaje desde un punto de vista ecológico, es decir, atendiendo a las relaciones o funciones de los elementos que lo conforman. Por ejemplo, Zonneveld lo define como “una parte de la superficie terrestre reconocible, que es resultado y está mantenida por la mutua actividad de seres vivos y no vivos, incluyendo entre los primeros al hombre” (Zonneveld, I.S., 1984).

Si integramos ambas perspectivas, un paisaje es un sistema que se entiende a través del estudio de la estructura de sus elementos así como sus interconexiones. Como cualquier sistema, el paisaje  es complejo, dinámico y sensible a las alteraciones. Tanto la estructura como el funcionamiento del paisaje están íntimamente ligados a las actividades humanas presentes y pasadas, y en nuestras manos está su evolución futura. Por eso, para que la definición sea completa, también debe atender a la evolución temporal y al papel del ser humano en este devenir.

Valle de El Palmar desde la cumbre del Baracán

Por estos motivos, el concepto ha ido evolucionando y enriqueciéndose con nuevos matices, especialmente durante las dos últimas décadas. Ya en 1993, la Carta del Paisaje Mediterráneo indicaba que “el paisaje puede ser considerado como la manifestación formal de la relación sensible de los individuos y de las sociedades en el espacio y en el tiempo con un territorio más o menos intensamente modelado por los factores sociales, económicos y culturales. El paisaje es así el resultado de la combinación de aspectos naturales, culturales, históricos, funcionales y visuales (...) Esta relación puede ser de orden afectivo, identitario, estético, simbólico, espiritual o económico e implica la atribución a los paisajes por los individuos o las sociedades de valores de reconocimiento social a diferentes escalas (local, regional, nacional o internacional).”

Esta Carta constituyó el antecedente más importante al Convenio Europeo de Paisaje, del cual surgió la definición más conocida en la actualidad:

Paisaje es  “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”.

Así pues, podemos afirmar que todo territorio que la población pueda percibir, sean cuales sean sus características, es un paisaje. Sin embargo, normalmente tendemos a pensar en lugares de belleza excepcional, como un espacio natural, alguna playa, o un caserío con encanto. Pero la realidad es que el entorno de los centros escolares, los barrios donde vivimos, las calles de nuestra ciudad o los polígonos industriales conforman otro tipo de paisajes potencialmente valiosos, aunque muchas veces no nos lo parezca porque están deteriorados o han perdido su calidad.

Por otra parte, un paisaje no solo es lo que percibimos a través de los ojos. ¿Acaso tendrías la misma percepción de tu playa favorita si no pudieras escuchar el mar cuando estás en ella? ¿Y del Teide nevado si no sintieras frío? Las sensaciones que nos llegan a través del oído, del olfato o del tacto también forman parte del paisaje.

Estas sensaciones son el componente subjetivo del concepto “paisaje”, que no está presente en otros similares como “medio ambiente” o “territorio”. Por eso, nunca podremos hacer una descripción completa de un paisaje de forma objetiva, porque lo que sentimos y pensamos cuando lo contemplamos o lo recordamos también forma parte de él.

Por todos estos motivos, podemos concluir en que el paisaje es un recurso amplio, dinámico y complejo que determina nuestro bienestar. Es fundamental por tanto protegerlo, y para saber cómo hacerlo necesitamos conocer previamente sus características y funcionamiento. Para ello, existe una materia en sí misma que determina cómo estudiar el paisaje.

 

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